Demagogia

Siguiendo el proceso electoral de los Estados Unidos, y ante la eminente derrota de Trump, hemos escuchado mucho en la opinión pública la palabra «demagogia». La Real Academia Española dice que demagogia es una «degeneración de la democracia, los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder». Llama la atención como nos hemos acostumbrado en las democracias liberales a los discursos demagógicos. Esos sentimientos nacionalistas que en el fondo crean una división entre la sociedad; polarizan. Discursos que presentan, más que propuestas, soluciones únicas a los problemas económicos y políticos de un país. Esto ha permeado tanto en nuestra forma de hacer política que lo hemos normalizado. Las campañas se han convertido en un espectáculo mediático cuando, en el fondo, sabemos que lo que dicen es una exageración de la realidad; y sin embargo lo permitimos.

Los discursos demagógicos entran con fuerza a la discusión pública. Tiene una cobertura más amplia al ser romper con la política tradicional. ¿Por qué rompe con la política tradicional? No es que sean propuestas visionarias o altamente exitosas. Interrumpen la discusión por simplonas pero, sobre todo, debido a que alteran la realidad. Y lo hacen al punto de negar la verdad.

Actualmente nos encontramos con una polarización que cada día se hace más latente, fruto de visiones que se mueven cada vez más a los polos opuestos del espectro político. Se presentan cada vez más como soluciones únicas, pero además, permite ver como enemigo al otro que no piensa como yo. Así es como nacen los extremismos. Esto es lo que lleva a que en cada elección el voto moderado sea cada vez más escaso y, en cambio, tenga mayor protagonismo los radicales. Esto es posible ya que cada uno de los discursos, al radicalizarse, se aleja cada vez más de la realidad. No es extraño entonces que, según información de la cadena de televisión CNN, Trump menciona en promedio 14 mentiras diarias. Menos extraña que López en menos de dos años rebasare a los casi cuatro años de Trump.

En el fondo la demagogia corrompe a la democracia ya que es un discurso que se aleja de la verdad al punto de negarla. Esa es precisamente su principal forma de combatirla: la realidad misma. Es por eso que la victoria de Biden es un triunfo que va más allá de las ideologías políticas. Es el triunfo de la política moderada. Es verdad que en el partido demócrata hay unos impresentables como Sanders u Ocasio-Cortez, que fue el principal motivo para que Trump no perdiera Florida. Sin embargo, Biden es el político más moderado dentro del partido que, además, logró unir a los más radicales. 

Es un triunfo de la democracia ya que, por un lado gana siendo el candidato más votado, pero sobre todo se le impone a un hombre que llegó a la presidencia con un discurso populista y simplista. Aunque fueron elecciones cerradas, vimos a un electorado que prefirió a un candidato con un discurso más institucional y reconciliador. Estados Unidos nos enseña que la demagogia se puede combatir del mismo modo que se cedió, que es importante volver al centro para encontrarnos. Ante los discursos basados en la mentira es imperativo que pongamos sobre todas las cosas a la verdad en primer lugar. El populismo y la demagogia se combaten con la propia realidad. Sin importar las ideologías, dejando a un lado el liberalismo o el igualitarismo; no se puede darle lugar a los políticos que ponen la mentira en el centro de su discurso.

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