EL PAPEL DE LOS JÓVENES FRENTE A LAS AMENAZAS A LA LIBERTAD Y LA DEMOCRACIA

Por Regina Ardavín C.

Después de la caída del Muro de Berlín, la democracia se consolidó como el sistema predominante en el mundo. Se creía que con ella, y los valores libertarios que la acompañan, una época de prosperidad vendría para nuestras sociedades, o al menos las occidentales.

Sin embargo, treinta años después de ese suceso, nos encontramos con una realidad completamente diferente.

Diversos fenómenos que nos aquejan hoy en día, sugieren que la democracia nos ha fallado, que en realidad no es el sistema que prometía ser, y que los problemas que pensábamos que iba a resolver, incluso se han acrecentado.

Algunos de estos fenómenos son el Brexit, la presidencia de Trump, la fuerza de Le Penn en Francia, la victoria de Bolsonaro en Brasil, el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en México; el posible regreso del kirchnerismo en Argentina; y un largo etcétera.

Lo preocupante no sólo es el resurgimiento de líderes populistas, sino también, que dichos líderes están llegando al poder democráticamente, escogidos por el pueblo que representan.

¿Cómo hemos llegado a este punto?

El panorama que tenemos enfrente, es resultado de una serie de inconformidades no resueltas en las últimas décadas, de un progreso que se quedó corto para las expectativas sociales, pero también, es consecuencia de un problema que va más allá, con tintes antropológicos, sociológicos, filosóficos, además de los políticos.

La democracia no está en riesgo porque en sí misma no funcione; está en riesgo porque hay una falta de entendimiento sobre el papel de la misma, y porque hay una concepción errónea respecto al concepto de libertad.

Como bien decía Churchill, “la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás.”

Sin duda es un sistema con defectos, entre ellos, el acceso legítimo al poder a líderes demagógicos, que promulgan valores antidemocráticos. Pero la democracia, adecuadamente ejercida, representa la voluntad y la soberanía de los pueblos, siempre y cuando se ejerza con responsabilidad y con la participación activa de la sociedad, con contrapesos de poder, bajo un esquema de cumplimiento del Estado de Derecho, en que se respeten los derechos humanos, y en que se gobierne poniendo la dignidad del hombre como el eje rector.

Se adjudica a la democracia, una serie de problemas, de carácter social, económico y político, cuyo origen en realidad no radica en la democracia, sino en el individualismo, la falta de una concepción de bien común, la pérdida del verdadero fin del hombre y un mal entendimiento de la libertad, alimentados por un relativismo exacerbado.

Quienes han apoyado a los líderes antidemocráticos actuales, lo han hecho pensando que los problemas sociales, serán resueltos cuando cambiemos de sistema político.

Sin embargo, todos los problemas que nos aquejan, sólo podrán ser resueltos si cambiamos la concepción contemporánea del fin del hombre, y si retomamos su verdadera esencia y su verdadero fin.

Si hacemos un análisis de la sociedad occidental actual, podemos observar que el hombre ha dejado de buscar un fin trascendental, sustituyendo los valores que lo llevan a tener una vida virtuosa y feliz, por valores que le dan satisfacción inmediata de sus placeres más instintivos.

Este cambio de sentido de vida, enfocado en fines efímeros, conlleva una serie de consecuencias colaterales, que han cimentado los problemas sociales que hoy vivimos.

El individualismo que predomina en nuestras sociedades, en conjunción con el liberalismo (mal entendido) que lo acompaña, ha generado una distorsión de quiénes somos como personas, desnaturalizando el papel que el hombre tiene como parte de una sociedad.

A partir de esa concepción, en la que sólo importa el beneficio de uno mismo, y donde la persona deja de lado su rol de ser social, se borran los principios de subsidiariedad y de solidaridad, que permiten el desarrollo integral de una sociedad.

En nuestras sociedades, existe una apatía generalizada frente a problemas como la desigualdad, la pobreza, la responsabilidad sobre el cambio climático, la inclusión, la intolerancia, la corrupción, la impunidad, etc., porque no se ha asumido el papel que cada individuo tiene en la construcción de una mejor sociedad; pero al no estar conscientes de eso, se piensa que la culpa del estado actual de las cosas, está en la democracia, cuando en realidad, la responsabilidad de un cambio está no sólo en el sistema político, sino sobre todo en la sociedad civil, y particularmente en los jóvenes.

Así mismo, para evitar que la libertad sea oprimida por gobiernos autoritarios, debemos entender qué es realmente la libertad, que en las sociedades actuales se confunde con libertinaje.

El problema de la libertad, concebida como la falta de limitaciones al actuar humano, es que no considera un factor fundamental de la misma: se debe buscar tener “libertad para”, no sólo “libertad de”, y más específicamente, libertad con el fin de encaminar la voluntad al bien.

El entendimiento consensual de que la libertad debe ser casi absoluta, genera ganadores y perdedores sociales, contribuye a la falta de un compromiso social para el bien común y en contrarreacción, fomenta el surgimiento de grupos extremistas contrarios, que buscan expandir el control del Estado y suprimir la verdadera libertad.

El papel que tenemos los jóvenes frente a este panorama, tiene muchas aristas. Por un lado, tenemos la responsabilidad de informarnos y de informar, de no conformarnos con el entendimiento banal que ofrece la sociedad respecto a los problemas que vivimos.

Por otro, tenemos que asumir que cada uno tiene un papel fundamental en la construcción de una mejor sociedad, desde las distintas esferas en que nos desenvolvemos.

Debemos dejar de adjudicar los problemas sociales al gobierno, o a la democracia. Contrariamente, debemos restituir los verdaderos valores democráticos, fundados en el ejercicio de una libertad auténtica, encaminada al bien y lograda a través del compromiso individual con la sociedad, porque todos somos parte de ella, y la construimos diariamente con nuestras acciones y las decisiones que tomamos.

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