A ELLOS LOS CALLARON, A MÍ ME DESPERTARON

Por China Camarena.

Nadie los conocía. “Santiago Barroso, mm… creo que es actor”, “Rafael Murúa, me suena, es gobernador de un estado ¿no?”. Le leí la lista a aproximadamente ochenta personas, pero nadie, NADIE, fue capaz de reconocer a ni uno solo; y no pecaré de hipócrita, antes de realizar la investigación para este artículo yo tampoco habría dado con ninguno. Creo que eso fue lo que más me molestó.

La lista contenía el nombre de quince periodistas. Nueve asesinados en el 2018 y seis asesinados este año. Y aunque duela reconocerlo, si hubiera extendido este ejercicio a más personas, la respuesta hubiera sido la misma: indiferencia.

Vivimos en un país en el que mientras todos saben quién es Juanpa Zurita, nadie sabe quién fue Santiago Barroso o Rafael Murúa ¿y cómo saberlo? ¿cómo saberlo cuando hoy, el hecho de atentar contra la vida de los periodistas, simplemente ya no es noticia? Así es, el asesinato de periodistas ya no es noticia porque carece de uno de los principales elementos para ser considerada como tal: ser novedoso.

Quizá algunos medios la incorporen dentro de su contenido, pero ya no es primicia; si por algo el lector se la llega a topar, le puede entristecer e incluso indignar, pero seamos honestos, para la gran mayoría no deja de ser una nota más. Ya no nos es relevante, ya no le damos continuidad ¿se abrió una investigación? ¿se tienen pistas del homicida? ¿los órganos de justicia están haciendo su trabajo? Preguntas que no nos hacemos sin querer o lamentablemente, a veces queriendo.

A principios de este mes se celebró el Día Mundial de la Libertad de Expresión. En México muchos se unieron a esta celebración aplaudiendo los avances y enfatizando entre otras cosas, la caída del muro entre el presidente y la prensa con las ya conocidas mañaneras, pues tal y como señaló Jorge Ramos en su columna del New York Times, este ejercicio refiere a algo único y por supuesto, enriquecedor.

Sin embargo, en el México de hoy lo único y enriquecedor, ya no es suficiente. Y no es suficiente porque terminamos el 2018 siendo “el país en paz más mortífero para periodistas” (Reporteros Sin Fronteras); no es suficiente porque para abril de este año, ya éramos el país más peligroso para ejercer esta profesión en América Latina.

Aunque no lo parezca, los pasos de López Obrador son bastante calculados. La mayoría de sus palabras y acciones responden a una estrategia enfocada en blindar su capital político.

Es un hombre de fachada, de titulares, lo que explica por qué las mañaneras son son una táctica eficiente para seguir construyendo su narrativa anti establishment, mas no para hablar de una defensa real de la libertad de expresión. Pero el verdadero problema no es ese, es que por ocuparnos en aplaudir esta iniciativa de forma, nos olvidamos del fondo.

Dejamos de lado que si queremos jactarnos de una libertad de expresión EXISTENTE, debemos preguntarle al presidente cuáles son las acciones concretas a implementar para proteger a los periodistas o bien, para erradicar la impunidad que yace sobre las más de 120 vidas cobradas en pleno ejercicio de esta profesión.

Debemos preguntarle qué pasará con aquéllos que no tienen la fortuna de contar con un escolta como el de Héctor de Mauleón, o con aquéllos cuya muerte ha sido un claro sujeto y objeto del declive de nuestra democracia.

Hace unos meses, el Secretario General de la organización independiente Reporteros Sin Fronteras, Christopher Deloie, tenía programada una cita con el presidente López Obrador para hablar sobre los crímenes contra los periodistas en México en los últimos dos sexenios, sin embargo, el presidente canceló dicha reunión sin explicación alguna y dejó al Subsecretario de Derechos Humanos, Alejandro de Jesús Encinas, a cargo del encuentro.

El Secretaro General de RSF, le presentó al subsecretario un documento con datos sobre los asesinatos y desapariciones de periodistas, y le recomendó declarar al país en estado de emergencia por tipificarse estos crímenes como de lesa humanidad.

Posteriormente, resaltó la urgencia de que el presidente realizara reformas profundas para luchar contra la impunidad y proteger a los periodistas. Pero, ¿qué ha hecho el presidente desde entonces? Exacto. Se ha parado cada mañana ahí, en Palacio Nacional, sabiendo los datos pero no asumiendo responsabilidad de los mismos. Empeñado en señalar al culpable del derrumbe, pero sin intención aparente de (re)construir a partir de éste.

De acuerdo con el Índice Mundial de Libertad de Expresión de este año, si los periodistas cubren temas relacionados con la corrupción de las autoridades (sobre todo los gobiernos locales) o con el crimen organizado, es prácticamente un hecho que tendrán que soportar intimidaciones, agresiones o incluso que les arrebaten la vida.

Aceptémoslo de una vez por todas, no todos los mexicanos quieren vivir en paz. Así de crudo. No TODOS persiguen el fin último de la justicia si eso compromete sus intereses en algún nivel. ¿La buena noticia? es una minoría ¿la mala noticia? Es una minoría poderosa que ha logrado que México no pueda hacerse llamar una nación libre y democrática.

Según la UNESCO, la libertad de expresión es “un elemento crítico para la democracia y el desarrollo (…) Sin ella, ninguna de éstas podría funcionar o prosperar…”. Qué bonito suena en la teoría, qué mal se ve en la realidad.

La clave del trabajo de un periodista recae en formular las preguntas adecuadas, aún cuando no son las más cómodas, y como escribió Jorge Ramos “el periodista es un componente de contrapeso, y la credibilidad no se gana alabando”. Es decir, no se trata de atacar por atacar, sino de cuestionar, de exigir, de DIALOGAR. Irónico ¿no? Irónico cómo en México la principal arma de un periodista es la misma daga que usan para condenarlo. Para matarlo.

Hoy tristemente caminamos bajo un cielo (contaminado, por cierto) que ha sido testigo de una cantidad monstruosa de plumas despojadas, de sangre derramada. Un cielo que ha visto a un gran número de periodistas pedir auxilio, pedir misericordia; que ha presenciado el adiós de aquéllos que aterrados por las amenazas, eligieron dejar su tierra. Un cielo que no llueve pero llora. Llora porque vislumbra una tierra en la que la Libertad de Expresión se anhela pero no se practica, y en la que la corrupción que da de comer a la impunidad es casi tan común como pedir dos tacos de pastor sin piña.

Me asusta que todos los que ejercen y los que añoramos ejercer, pronto seamos parte de una cifra que peque de intrascendente o de una cobertura mediática mínima o de una pseudo lucha por la libertad de expresión con cita a las 7AM.

Santiago, Rafael, Jesús Eugenio, Reynaldo, Samir, Telésforo, Carlos, Pamela, Leobardo, Juan Carlos, José Guadalupe, Rubén, Mario, Gabriel, Alejandro y por lo menos cien periodistas más,  fueron asesinados en los últimos años por indagar en temas que incomodaban por reales y que dolían por atroces, y eso me encabrona. Así, con sus nueve letras. Me encabrona el hecho, pero me encabrona más la impunidad, porque antes de ser solo nombres en un acta de defunción, fueron hijos, fueron padres, fueron hermanos, fueron amigos, fueron periodistas, fueron libertadores, fueron demócratas…fueron HUMANOS.

No pido que memoricemos todos sus nombres, solo pido que nos tatuemos su causa; pido que evitemos que su muerte se hunda en la banalidad de una cifra y que (por favor) nos obliguemos a preguntarnos un poco más y conformarnos un mucho menos. Por todas las voces sepultadas, por esta democracia que quiere dejar de ser utopía para por fin saberse real, y por este México que por alguna razón no para de sangrar, GRITEMOS. Nos acaban de despertar.

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