DE POLÍTICA, ECONOMÍA Y OTROS MALES

Por Jaime Tbeili

En el mundo del siglo XXI la política parece convertirse en algo cada vez peor: en algunos países un sistema semi funcional de corrupción y mal aprovechamiento de recursos y de poder, en otros países un conjunto de burócratas discutiendo temas que no podrían ser más aburridos para el ciudadano promedio y para otros tantos en un pésimo tema de conversación, que conviene evitar siempre que sea posible.

Por lo anterior, la sociedad ha querido aislarse cada vez más de la política, no la discutimos, no nos involucramos, salimos a votar y hacemos todo para olvidar las elecciones, ocasionalmente externamos alguna queja cuando un gobernante hace algo que no nos parece correcto, para seguir después con nuestras vidas y pasar a la siguiente noticia.

Pero la política no siempre se ha vivido así y no siempre ha sido lo que ahora percibimos que es. Hubo una época en la que la política se consideraba el mayor de los bienes.

Alfredo Cruz Prados, citando a Aristóteles, explica que la sociedad es parte de la naturaleza del ser humano. No podemos vivir sin ella, pero más profundo aún, no podemos desarrollarnos por completo sin ella.

Según la concepción clásica, participar en la política (en el fortalecimiento y mejoramiento de esta sociedad) es buscar el bien común[1]. ¿Qué tipo de bien puede ser mejor que el de absolutamente todos?

Desgraciadamente está concepción se ha perdido, y si Aristóteles viera nuestra sociedad y nuestra política, quedaría sorprendido, por no decir horrorizado. Pero lo rescatable de esto que, durante siglos, la política se ocupo de los temas más humanos y reales, pues era tanto o más humana y real que cualquier otra forma de conocimiento.

Y a la par de la política siempre ha estado la economía. Son inseparables, dos caras de la misma moneda. Desde que el ser humano tiene necesidades ilimitadas y recursos limitados, ha existido la necesidad de decidir a que los dedicamos y a que no.

Vivimos realizando actividades económicas, y por lo mismo es más fácil ver cómo nos afecta la economía que la política. Sin embargo, nadie ha logrado explicar la verdadera fuerza de la economía en la vida como Adam Smith cuando dijo que obtenemos pan y zapatos no por la bondad del panadero y el zapatero, sino por su egoísmo y su deseo de satisfacer sus propias necesidades.

Creer que la economía existe fuera de nosotros, como algo abstracto y general, es ignorar el motor que la mueve: los sentimientos humanos, el egoísmo y el deseo de tener más. Al igual que la política, la economía es una ciencia humana. Mejor dicho, ambas son artes humanas.

La ciencia postula leyes absolutas que se repiten en todos los casos, como la gravedad. La política y la economía, por su naturaleza, siempre cambian, siempre son diferentes, y siempre son determinantes en el desarrollo humano.

Por alguna razón subestimamos el peso que tienen la política y la economía en nuestro mundo y en nuestro actuar, pero sobre todo en nuestra historia. Y es particularmente en nuestra historia donde sobran los ejemplos para ver el impacto de estas dos disciplinas.

Varios estados de la república se crearon porque era políticamente conveniente para Estados Unidos que su país vecino fuera federalista, y buscaron por todos los medios, que así organizáramos nuestra sociedad. La revolución francesa empezó por los excesos de la corona, pero también (y principalmente) por los excesivos precios del pan.

Los españoles no corrieron a los judíos de España en un ataque de irracionalidad. La corona les debía dinero a los judíos, tanto que era más barato correrlos que pagarles.

La Primera Guerra Mundial no se desató porque los soldados tuvieran un deseo suicida de ir a morir a las trincheras, sino porque las alianzas políticas internacionales se habían desarrollado de forma que la muerte de un hombre, el archiduque Francisco Fernando, condenó a Europa.

En 2010 el rabino Amram Anidjar público un libro en el que explica que el faraón egipcio que esclavizo a los hebreos tenía una amenaza política de un grupo semita conocido como los hicsos (era el rey Sanfaro, no Ramsés II como popularmente se cree). Dado que los hicsos y los hebreos compartían ascendencia, al faraón le preocupaba que se unieran en su contra y decidió esclavizarlos[2]. Poco civilizado, pero ayuda a probar el punto. Además, no hay que olvidar que los hebreos llegaron a Egipto en primer lugar por motivos económicos.

Aceptando que la política y la economía tienen un papel tan importante, habría que replantearnos si hacemos bien en votar y luego ignorar lo que hacen nuestros políticos, en insinuar que las calificadoras no son importantes o en evitar a la política como tema de conversación.

Al final, el objetivo de este artículo es probar que: “A mí la política no me afecta”, “La situación económica da igual en la vida real”, o “No importa que pase en el mundo de los políticos, ese no es mi mundo”, son tres frases verdaderamente absurdas. Reconocerlo es la mejor forma de que la política vuelva a ser lo que Aristóteles creía que debería de ser.


[1] Cruz Prados, Alfredo. Filosofía Política. Navarra: EUNSA, 2009.

[2] Anidjar, Amram. Arqueología y Toralogía. Ciduad de México, 2010.

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