LA CAMPAÑA QUE NO ACABA

Por Abraham Martínez

 

A 40 días de que López Obrador haya tomado posesión, da la impresión de que todavía no se da cuenta de que la investidura que recibió es la de Presidente de la República, y no la de candidato oficial.

Puede ser que después de dieciocho años como candidato, cambiar los esquemas de comportamiento no sea tan sencillo. Pero me parece que, más que no se haya dado cuenta o que le esté costando trabajo cambiar el tono, su actitud de campaña, esa que tuvo como característica fundamental buscar la división/diferenciación,  es una decisión claramente premeditada; y puede que tenga algo de lógica. La presidencia la ganó López Obrador al lograr presentarse como la única alternativa a un establishment que pintó como irremediablemente podrido.

Las “minorías rapaces”, “la prensa fifí”, “la mafia del poder”; todos “ellos” contra “el pueblo bueno y sabio” encabezado por su líder honesto, valiente y desinteresado. Ese fue el tenor de su campaña, y el resultado fue una avasalladora victoria como nunca habíamos visto.

El discurso que dio aquella noche histórica del 1º de julio, permitía pensar que comenzaría un proceso de reconciliación que buscaría subsanar todo el encono propio de los procesos electorales. Pero esa impresión duró muy poco. El calificativo de “fifís” siguió siendo parte de su vocabulario habitual durante su gira de agradecimiento. Y en las redes sociales, sus fieles no hicieron más que redoblar sus esfuerzos por hostigar a todo aquél que osara proferir alguna crítica a las propuestas de la llamada “cuarta transformación”; también por justificar, con todo tipo de contorsiones, cualquier acción o dicho del popular líder.

El 1º de diciembre llegó. Esta vez iba en serio: lo había logrado, Andrés Manuel se convertía, con todas las de ley, en Presidente Constitucional. La oportunidad de buscar la reconciliación era inmejorable: sesión de congreso general, todo México expectante. Pero después de ponerle su estrellita al Presidente Peña por haberse portado muy bien, se dedicó a dejarnos en claro que todo lo que habían hecho sus predecesores, y mucho de lo que la iniciativa privada había logrado, había que desechar, o al menos transformar de manera radical. El problema no es, desde luego, que busque un cambio serio: el punto es que el cambio que busca –que tiene como pilar fundamental, acabar con la corrupción– requiere de la cooperación de todos, y la cooperación y el consenso no se logran a base de descalificar a los que en principio no están de su lado.

Ese día se confirmó que el estilo no cambiaría demasiado, impresión que se ha ido reforzando con el paso de los días. Dos ejemplos: la reacción ante la tragedia sufrida por la Gobernadora de Puebla, Martha Erika Alonso, y su esposo, Rafael Moreno Valle; y el manejo de la crisis que se está viviendo con el desabasto de gasolina.

En la primera, cuando se le cuestionó su decisión de no asistir al funeral, argumentó que se debió al ambiente hostil creado por “provocadores mezquinos” y “canallas”. Dejó así pasar una oportunidad de mandar un mensaje de unidad y miras altas: en vez de actuar como Presidente de México, que por encima de las diferencias reconoce y acompaña en el dolor por la pérdida de quienes fueran sus adversarios, optó por una actitud politiquera de no dejar de señalar a sus detractores.

Algo parecido ha ocurrido con cómo se ha manejado la situación de desabasto de combustible que se está viviendo ahora. Fuera de los beneficiados y/o involucrados en el robo de gasolinas, dudo mucho que haya quien esté en contra de que se combata esta extendida actividad ilegal

Sin embargo, ante los cuestionamientos sobre el cómo se ha procedido a combatirla, se ha manejado un mensaje que desde el principio buscó crear una dicotomía entre los que quieren que se acabe el huachicoleo y los ciudadanos irresponsables que preferirían que esta actividad continuara para no verse afectados por las resueltas acciones. Para lograr esto, las comunicaciones al respecto, en vez de proporcionar información técnica y certera, dan prioridad a las diferencias semánticas y a las generalidades: “no hay desabasto, sólo falta de abasto…se resolverá a la brevedad”; y los que así no lo entiendan, no son lo suficientemente patriotas.

Temas como el de la gasolina son cuestiones complejas que requerirían de un proceder que deje ver el rigor técnico detrás de la decisión. Las conferencias mañaneras podrían ser más útiles si en lugar de tener al presidente contestando lentamente y con ambigüedades, se tuviera, en este caso, a los responsables de la distribución explicando los alcances de la acción gubernamental, los tiempos en los que se llevará a cabo, etc. Pero en lugar de eso se prefiere dar la impresión de que el gobierno “está cercano al pueblo”, por ser el presidente el que contesta las preguntas.  Estar cerca del pueblo no es sinónimo de improvisación o campechanería. En campaña eso funciona, en el sexenio sólo desgasta y frustra innecesariamente, incluso a los que votaron por él.

Ojalá a Andrés Manuel “le caiga el veinte” de que es presidente de todos los mexicanos: ya es momento de que empiece a actuar como tal. La gran mayoría de los que lo apoyaron, tienen paciencia limitada (ciertamente hay quienes pase lo que pase, él sabe que sí aplauden…). Y que tenga la total certeza de que los que no votamos por él, queremos que le vaya bien para que le vaya bien a México: pero eso no significa estar de acuerdo con él en todo, y mucho menos no cuestionarlo. La campaña ya acabó. Le llegó la hora de gobernar, esa por la cual luchó perseverantemente. Y como le dijo el ciclista que lo acompañaba en su trayecto hacia su toma de protesta, “no tiene derecho a fallarnos”. 

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