EL NOMBRE DEL PRESIDENTE DE MÉXICO

Por Jaime Tbeili

 

En cierto sentido el presidente de México no tiene nombre. El presidente podría llamarse Carlos Salinas de Gortari, José Antonio Meade Kuribreña, Enrique Peña Nieto o Jaime Tbeili, pero seguiría siendo eso: el presidente, un rol, un papel, una responsabilidad, pero no un nombre, al menos no primordialmente un nombre.

Da la casualidad de que el presidente de México en este preciso momento de la historia se llama Andrés Manuel López Obrador. Hasta 30 de noviembre conocer su nombre era muy importante. Ni si quiera su nombre, bastaba con sus iniciales. AMLO representaba a la izquierda mexicana con todas sus implicaciones. Primero como candidato y luego como presidente electo, AMLO era sinónimo de cambio, de transformación, como a él mismo le gusta decir.

Del primero de diciembre en adelante, conocer la identidad de Andrés Manuel como candidato o como persona se volvió irrelevante. Andrés Manuel López Obrador dejó de ser quien era, dejó de ser el candidato favorito de la oposición mexicana y pasó a encabezar una mayoría en prácticamente todos los frentes imaginables. Pasó a encabezar un gobierno, y así, perdió su nombre para ser conocido ahora simplemente como “Señor Presidente”.

El nombre de Andrés Manuel es un constante recuerdo de sus padres: Andrés López Ramón y Manuela Obrador González. AMLO nació y creció en Tabasco; el paquete económico 2019 que fue recién aprobado por el legislativo es un fiel recordatorio de su origen, pues Tabasco es el Estado con mayor presupuesto asignado de la República.

La palabra “presidente”, por otro lado, tiene su origen en el latín. Viene del prefijo prae- (delante) y la palabra sedere (sentarse). Es decir, significa “estar sentado al frente”. La figura del presidente es herencia de la división de poderes, el federalismo y el republicanismo clásicos que México fue aprendiendo de naciones como Francia y Estados Unidos.

Mientras que el señor Andrés Manuel es inquieto, diferente, cambiante e impulsivo, el «Señor Presidente» es, o debe ser, institucional, calculador, pragmático y dedicado. Las personalidades de AMLO y del presidente son, en apariencia, muy diferentes, pero el voto mexicano le dio la facultad al dirigente de MORENA de convertirse en el presidente y de encontrar la manera de hacer convivir a estas dos personalidades. Otros lo han logrado antes, el reto no es ese.

El reto es que, mientras estas dos personalidades convivan, ninguna de las dos se pierda o se diluya en la otra. No se puede gobernar siendo oposición. Al menos no para siempre y de manera exitosa. Las instituciones, los procesos, la transparencia y la rectitud son fundamentales para poder formar un gobierno fuerte, estable y sobre todo funcional. Pero Andrés Manuel no puede dejar de ser Andrés Manuel, porque si deja de serlo perderá el apoyo del pueblo y su confianza, lo que también dificultará su gestión y su trabajo.

Si Andrés Manuel se olvida de que es presidente, el país se encaminará hacia la polarización, las diferencias, las incongruencias y el caos. Si el presidente se olvida de que es Andrés Manuel, nos condena a repetir los mismos patrones de pobreza, desigualdad y desconfianza social, pero con un autoritarismo pragmático que no da salida.

Hay quien confiará ciegamente en todo lo que Andrés Manuel diga, sin importar si es presidente o no. Hay quien jamás se sumará al proyecto del presidente, sin importar si es Andrés Manuel o alguien más. Ambas visiones están en su derecho de existir.

Estamos también los que no le dimos nuestra confianza a Andrés Manuel el primero de julio, pero se la damos ahora al presidente, porque como líder de la nación sus éxitos son nuestros éxitos y sus fracasos son los nuestros.

Nunca hay que dejar de ser críticos de lo que no consideramos correcto, pero tampoco podemos marcar todas las acciones de AMLO y de MORENA como errores, y mucho menos dejar de cumplir nuestras obligaciones como ciudadanos y perderles el respeto a nuestras autoridades.

Hace unos días escuché la frase “yo no voy a pagar impuestos para que los tenga el gobierno de López Obrador”. No sé que nos puede hacer pensar que el gobierno actual, independientemente del nombre de quien lo preside, es menos merecedor de nuestra cooperación y lealtad. Odiar al gobierno simplemente por el nombre de quien está al frente, es odiar directamente al país en el que vivimos. Por eso el presidente no tiene nombre.

No importa como se llame la persona que encabece nuestro gobierno, pues nuestro gobierno siempre lo encabeza la misma persona, la misma idea, la misma institución: el Presidente de México.

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