LA CARAVANA MIGRANTE

Por Abraham Martínez

Las imágenes de miles de migrantes centroamericanos intentando cruzar la frontera mexicana, han puesto el tema de la migración, nuevamente, en el debate público. En esta ocasión, el número de personas que se han sumado a esta travesía son mayores que lo que se ha visto anteriormente: se calcula que la cantidad de personas que actualmente ya están en el Estado de Chiapas, ronda los 7,000.

Las reacciones ante este suceso han sido variadas: los hay quienes no tardaron en afirmar –como ocurre en situaciones similares– que en el mundo no hay migrantes “ilegales”, que las fronteras no deberían de existir; y en otro extremo, están también los que no tuvieron el más mínimo reparo en propalar manifestaciones de auténtica xenofobia, difícil de concebir en un país como México, que es emisor de migrantes. Por otro lado están los que afirman, con razón, que este es un tema complejo y que por tanto, las simplificaciones de uno y otro lado, no permiten plantear soluciones viables a una crisis como esta.

Algo que de inicio hay que tener claro, es que en varios ámbitos, las condiciones en Honduras, país de origen de la mayoría de los migrantes, son bastante desoladoras: entre otras cosas, es uno de los países más violentos del mundo con una tasa de homicidios de 43 por cada 100,000 habitantes, además de que de sus 9 millones de personas, 68% viven en condiciones de pobreza seria. En otras palabras, no es de sorprender, que haya un número considerable de personas que, a la primera oportunidad, busquen mejores condiciones de vida.

Pero la complejidad de este tema, se incrementa por la politización que tiende a marcar los sucesos de esta índole. En el caso de la caravana centroamericana, hay aspectos del panorama político de Honduras que al menos someramente hay que tener en cuenta. El gobierno Hondureño sostiene que la caravana está siendo orquestada por detractores políticos, entre ellos aliados del depuesto ex-presidente, Manuel Zelaya, para generar inestabilidad e ingobernabilidad; los organizadores, por su parte, afirman que lo único que los motiva es lo insoportable de la crisis.

Aunado a lo anterior, quizá el mayor “elemento politizador” estaría en el país al que pretenden llegar. La caravana se da a escasas dos semanas de que se lleven a cabo las elecciones intermedias que renovarán puestos en el congreso estadounidense.

Están los que creen que en aras de propinarle un golpe al Presidente Trump, grupos afines al Partido Demócrata, buscaron apresurar al grupo migrante para que se encaminaran en la difícil travesía. La tesis no es descabellada y no es ilógico pensar que estos grupos hayan aprovechado la polarizada situación en Honduras para perseguir su objetivo. Todo esto tendría el fin de que ocurriera un eventual abuso o brutalidad en la frontera de Estados Unidos que generara una sensación de repudio entre los votantes. Sin embargo, estos esfuerzos podrían, más bien, terminar beneficiando a Trump, quien, aprovechando la situación, busca posicionarse con su base electoral como un presidente que cumple su promesa de proteger a toda costa su frontera y que no tiene problema en presionar a otros países, México el primero, a que cumplan con “su deber” de inhibir la migración.

Sea como fuere, existe una crisis compleja. Y esa crisis le toca ahora manejarla a México, un país que históricamente no ha permanecido indiferente ante grupos de personas que escapan de situaciones adversas. Lo que hay que tener en cuenta es que dicha vocación humanitaria, no está peleada –como muchos quieren hacer pensar– con el cumplimiento de la ley.

El sistema internacional está basado sobre el principio de que todos los estados son soberanos: es decir, que dentro de su territorio, cada estado tiene la autoridad de establecer y hacer cumplir ciertas leyes, libres de intervenciones externas. Entre otras cosas, el respeto de este principio es, por un lado, lo que ha propiciado que las relaciones entre países hayan pasado a darse, cada vez más, a través de la diplomacia y no del uso arbitrario de la fuerza. En cuestiones migratorias, este principio sigue siendo rector.

Por otro lado, dentro de los estados, es sólo a través de un estado de derecho sólido, en donde la ley no es opcional, en que los individuos pueden desarrollarse en condiciones de igualdad: en México no somos ajenos a las consecuencias de que, en ocasiones, las leyes se apliquen a modo, lo cual es algo que tiene que erradicarse de raíz.

Con esto en mente, también hay que saber que el Derecho Internacional reconoce el derecho de todas las personas a salir y a regresar de su propio país, pero que los países retienen “la prerrogativa soberana de decidir los criterios de admisión y expulsión de los no nacionales”, siempre y cuando estos respeten irrestrictamente los derechos humanos de los migrantes.

En un mensaje, el Presidente Peña Nieto estableció que nuestras autoridades migratorias buscarían atender la Caravana justamente como se ha acordado en diversos foros internacionales: con un trato humanitario y digno hacia las personas que pretenden ingresar, pero también de manera regular y ordenada. Pretender que dejar pasar a todos sin ningún control no tiene riesgos potenciales, es, como mínimo, una ingenuidad, además de que contribuye a debilitar nuestro ya de por sí menguado estado de derecho. Como ya vimos, estos eventos no son necesariamente ajenos a intereses y por tanto, se ha de actuar con prudencia y viendo también por el interés nacional.

Al final de cuentas, esta nueva crisis nos ha de llevar a expandir nuestra conversación: los slogans con soundbite no resuelven nada ni ayudan a nadie. La migración es un tema que hay que tratar teniendo en cuenta su complejidad y sabiendo que es un fenómeno que seguirá muy presente.

En primer lugar, aunque suene obvio, los países con números importantes de migrantes han de buscar mejorar las condiciones para que no haya personas que se vean forzadas a salir. En ese inter, los países receptores o de tránsito han de buscar establecer procedimientos que no hagan tortuoso el proceso a las personas que escapan a veces de manera intempestiva.

La empatía y la compasión no tienen que ser enemigas de la ley: es, más bien, dentro de la ley, que se puede garantizar un mejor trato y condiciones justas para los que llegan y para los que los reciben.

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