EN DEFENSA DE LA DEMOCRACIA

Por Jaime Tbeili

 

En 1984 Norberto Bobbio escribió un libro titulado “El Futuro de la Democracia”. Bobbio exploró los alcances y limitaciones de este sistema de gobierno en un contexto muy particular. El bloque soviético se desintegraba, las democracias liberales adquirían fuerza y se instauraban en muchas naciones europeas emergentes, mientras que se consolidaban en general alrededor del mundo.

La situación política, social y económica que estudió Bobbio es muy diferente a la que vivimos hoy en día. Es curioso, sin embargo, que muchos de los vicios de la democracia planteados por Bobbio hace 34 años, se siguen actualizando hoy.

Por ejemplo, de acuerdo con Bobbio el ideal democrático busca deslindar a los representantes políticos de los intereses particulares para favorecer así el interés de la nación. Sucede todo lo contrario. Los legisladores se deben a sus partidos y a sus votantes, los grupos de interés tienen significativa influencia en los congresos locales y federales, e incluso en aquellas ocasiones en las que se busca el beneficio de la nación, se subordina al beneficio electoral de una política pública.

Como éste, encontramos varios: poderes externos a los democráticamente electos, una ciudadanía poco educada, el gobierno oligárquico y las limitaciones de acceso a puestos de elección popular que deberían de ser (en teoría) para todos.

Pero incluso con todo lo anterior, la democracia es la forma de gobierno “menos dolorosa”, en palabras del maestro José Antonio Salazar Andreu. A mi parecer la razón de esto es que la democracia se caracteriza por ser periódica y contar con pesos y contrapesos de poder.

El hecho de que la democracia sea periódica impide que una mala decisión dure para siempre, permite que nuevos grupos de poder tomen la dirigencia de una nación y que las ideas se enfrenten para tratar de encontrar la mejor. Un gobierno sin elecciones no tiene incentivos para mejorar. Puede seguir haciendo lo mismo durante décadas sin que nada afecte su plan de gobierno.

Por otro lado, la existencia de pesos y contrapesos en un gobierno evita que un grupo de funcionarios públicos puedan utilizar el poder a su conveniencia sin ningún tipo de límite para atender únicamente a sus intereses dejando de lado los intereses del pueblo.

Es cierto, la democracia no es perfecta, en ocasiones no es la mejor forma de gobierno y en algunas situaciones ni si quiera es preferible. Pero el éxito de la democracia radica en la facilidad con la que se pueden corregir los errores de un mal gobierno.

Ahora, para bien o para mal, México es una democracia (o un intento, cada vez más firme, de democracia). Claro que tiene vicios como los mencionados por Bobbio, pero el que los tenga no significa que la democracia no exista. Al contrario, significa que existe y que está en desarrollo.

Y como parte del desarrollo de nuestra democracia, este sexenio nos toca vivir un ejercicio nuevo y diferente, una transición democrática. Las transiciones son interesantes porque no solo se contrastan dos modelos de gobierno, se contrastan los valores de cada una de las facciones políticas de nuestra nación (esto incluye a las que ni son gobierno, ni serán gobierno el próximo año).

Como mexicanos nos toca decidir que valores queremos adoptar, si los de los grupos opositores o los grupos gobernantes. Nos toca decidir que prioridades defender. Pero también nos toca asegurar de que valores generales, como la vida democrática, se respeten en ambos frentes.

Hay ideas que podemos contrastar, pero para formar una nación tiene que haber una serie de ideas que podamos compartir, que nos den fundamento y nos permitan perseguir un mismo México.

Yo no soy quien para decidir cuáles son, eso lo decide el pueblo mexicano indirectamente en su actuar diario. Pero no suena mal incluir el respeto, la solidaridad, la diversidad, la buena voluntad y, por supuesto, la democracia.

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