LO ABRACÉ -En memoria de los 43 normalistas de Ayotzinapa-

Por China Camarena

Lo abracé. Fue de esos momentos en los que, por alguna razón, logras recordar cada sensación y cada pensamiento. Recuerdo sus lágrimas mojando mi hombro. Recuerdo su voz entrecortada. «Todo se va a solucionar, estoy segura» me atreví a afirmarle. Ese hombre acababa de perder a su hijo, y aún así, alcancé a ver cómo esbozaba una casi desdibujada sonrisa.

Desde ese momento, aunque sabía que no lograría comprender el dolor que ese padre estaba sintiendo, supe que era momento de salir de mi burbuja y ser consciente de la dimensión de lo que acababa de acontecer. 43 estudiantes desaparecidos. No, no era un titular más, eran 43 SERES HUMANOS.

¿Cómo había sido capaz de abrazar a uno de los padres y decirle que todo se iba a solucionar? ¿Quién era yo para prometer esperanza?

El 26 de septiembre del 2014 sentí por primera vez, que México se desangraba y que minuto a minuto, perdía el pulso. Sí, es verdad que la herida ya llevaba abierta mucho más tiempo, pero yo, por elección u omisión, no había visto realmente lo grave que era. Y es que fue ese día cuando vi a una sociedad indignada, exigiendo llamar a un cirujano para atender el problema, y sin embargo, a un gobierno que solo ponía curitas.

Fue ese día cuando me di cuenta que la violencia que acechaba nuestras calles, no era producto de una hipérbole mediática, sino de una fría y dolorosa realidad. Una realidad a la que no podíamos ser indiferentes, a la que no podíamos sentirnos ajenos.

«¿Están haciendo mucho desmadre por esto no?» recuerdo que me dijo alguien que mantendré en anonimato. ESTÁN-HACIENDO-MUCHO-DESMADRE-POR-ESTO, intenté interiorizar. Realmente quería entender la lógica que predecía tal comentario, pero no lo logré. Lo que sí logré, es que mi cuerpo se inundara de rabia. Rabia porque sabía que esa no era la única persona que pensaba así. Rabia porque sabía que muchísima gente había optado por dejar pasar esta tragedia y guardarla en el cajón de «es un acto de violencia más». ¿Cuándo seremos conscientes de que la violencia no es normal y que por tanto, no puede ser cosa de «es un acto más»?

Pensar que 43 personas fueron víctimas de un acto tan ruin y para colmo, impune, me hace y me obliga. Me hace derramar más de una lágrima por mi México, y me obliga a levantarme y trabajar duro para que cada día seamos más conscientes de que fuera de nuestra zona de confort, hay una lamentable situación que nos ha arrancado la libertad de las manos; que nos ha orillado a voltear a otro lado por miedo a ver de más. No está bien. Eso NO está bien.

Me encantaría ser cirujano para hacerle las puntadas necesarias al país; me encantaría tener el jarabe que se toma un México dolido por la noche para amanecer ante un territorio tranquilo y en paz. Pero no lo soy; pero no lo tengo. Lo que sí soy, es una ciudadana que hoy te pide que no dejes de exigir, que no dejes de luchar, que no dejes de prestar tu voz al mudo y tus ojos al ciego.

Lo que sí tengo, es la convicción de que los verdaderos cambios se gestan paulatinamente y que por tanto, cada día es una oportunidad para abanderar las causas correctas.

Hace cuatro años tuve la oportunidad de abrazar al padre de uno de los 43 normalistas; de quizá no sentir pero sí compartir su dolor, su impotencia. Le dije que todo se iba a solucionar, que estaba segura de ello. Confié en que así sería, pero fallé. Sé que no está en mis manos rendirle cuentas de manera directa, pero para mí, la única forma de sentir que no le fallé a ese padre que me abrazó con tanta fuerza, es trabajando cada día por un México digno, por un país en el que la desaparición de 43 seres humanos y el despojo de su libertad no sea algo recurrente, y mucho menos, sea algo normal.

Por los 43 normalistas y por los miles que no resuenan en medios pero que también han sido víctimas de este México en coma, levantemos la cabeza. Aún podemos sanar.

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