DEMOCRACIA A LA MANTEQUILLA

Por China Camarena

 

“No ganó López Obrador, ganó el pueblo: ganó la democracia” decía la opinión pública tras la abrumadora victoria del candidato morenista. Me fascina escuchar lo normalizado que está el término de “democracia”, la cantidad de veces que lo decimos al día y lo poquísimo que la entendemos a la vez.

La democracia en efecto, es fácil de pronunciar, pero es realmente complejo definirla. Casi tan complejo como entender qué pasó con la mamá de Luis Miguel, pero esa es otra historia. La realidad es, que el término “democracia” se ha prostituido. Punto. Y eso es obvio cuando la mayoría considera que ya contribuyó a tener un país más democrático por sólo haber votado.

A todos los que el 1 de julio se formaron horas y horas para plasmar su voz en la papeleta, gracias. Sí, sí fueron parte activa de un ejercicio democrático. Pero he ahí la disyuntiva. El voto es un mecanismo, un elemento que compone un todo. Prender la estufa no significa que la pasta ya está hecha. Hay que elegir una olla, hay que ponerle agua, hay que hervirla, poner la pasta dentro, VIGILARLA…en fin. No es que yo sea una experta cocinando, pero sé que en México, el panorama que hoy tenemos frente a nosotros dista mucho de ser una democracia a la mantequilla.

Ahora bien, es una realidad que una de las razones principales por las que la democracia es el sistema utópico por excelencia, es porque nos hace sentir incluidos, nos hace sentir escuchados. Sin embargo, creo que algo se nos está yendo de las manos. Una cosa es que el gobierno en efecto, tome en cuenta a la ciudadanía para decidir si debe sazonar o incluso con qué especias prefiere sazonar su pasta; es decir, considero parte esencial de un sistema como el nuestro que la voz ciudadana tenga presencia e incluso eco para tomar decisiones que finalmente, le van a afectar en mayor o menor medida.

Pero hoy en día, nos encontramos ante un gobierno sin filtro, que como mencioné anteriormente, prostituye la democracia; y lamentablemente, de una forma muy barata. Hoy ocupan un lugar en el gobierno futbolistas, actores, comediantes y bailarines de profesión; personas cuya voz sí merece ser escuchada pero no merece tener el poder de tomar decisiones que incidirán en la vida de 127 millones de mexicanos. ¿Que por qué no? Porque si tomar decisiones en materia de seguridad, de educación o de salud, fuera algo sencillo, no existirían carreras enteras dedicadas a entender las leyes, la Ciencia Política, la Economía, las Finanzas.

Es decir, en esta delgada línea de democracia participativa, estamos dejando que aquél que desconoce totalmente de cocina pero que un día olió algo sabroso y quiso curiosear, haga la pasta. ¿Se imaginan el peligro que implica que alguien que jamás ha estado en la cocina, que jamás ha leído una receta o ha observado el proceso, intente cocinar un platillo para tantas personas? Realmente es peligroso. Es peligroso para quien lo cocina y es peligroso para quienes lo comerán.

Estar inmerso en el gobierno, como estar inmerso en la cocina, en la carpintería, o en cualquier otra profesión u oficio, requiere de una vocación, de una teoría y de una práctica; y el riesgo de cruzar la línea de una democracia participativa a una democracia demasiado participativa, demerita, creo yo, el trabajo y la trayectoria de aquéllos que han dedicado años a formarse en el oficio; a forjar un criterio más sólido para tomar decisiones argumentadas, estratégicas. Y por supuesto, desmotiva a aquéllos que tienen o han tenido el anhelo de formarse en estas áreas para algún día tener un escaño, ¿por qué matarse estudiando Administración Pública si de todas maneras pueden ocupar un lugar en el gobierno así como así?

Ahora, ¿estudiar garantiza que esa persona sentada en la Cámara de Diputados, en el Senado, en la Gubernatura o incluso en la Presidencia tendrá la ética y la capacidad de tomar las decisiones que al pueblo más le convengan? Tampoco. Como todo, no es ni blanco ni negro, es una gama de grises dentro de la cual, existe un amplio espectro y margen de error. Realmente espero que con el paso del tiempo, sean esos futbolistas, esos actores, esos comediantes y esos bailarines los que me hagan tragarme mis palabras con todo y parmesano.

Solo quiero apuntar, para concluir, que la democracia debe cocinarse con mucho cuidado, teniendo siempre presente que es un platillo del que todos los ciudadanos comeremos y que por tanto, sería un error que cualquiera se convirtiera en chef solo por saciar su hambre. Eso.

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