¿UN NUEVO ORDEN MUNDIAL?

Por Abraham Martínez

 

Hace casi tres décadas, había quienes escribían que el destino político del mundo estaba fundamentalmente definido: la caída del mundo de Berlín marcaba un cambio de época, un punto de no retorno hacia la liberalización y el progresivo establecimiento de la democracia en los países que hasta entonces no habían dado ese paso. 

Entre los que suscribían esta teoría, el más prominente y en gran medida el que le dio forma, se encontraba el politólogo estadounidense Francis Fukuyama, quien –siguiendo, hasta cierto punto, la concepción Hegeliana de que el motor de la historia la búsqueda de “la libertad del espíritu”– afirmaba con contundencia que, en ese sentido, la humanidad había alcanzado el “fin de la historia”

Para él no quedaban en el horizonte ideologías que pudieran suponer un reto serio al nuevo orden liberal que parecía consolidarse: la grandeza integral que prometieron los nacionalismos totalitarios que habían sido protagonistas en el siglo que terminaba, no se había, ni de cerca actualizado. Por el contrario, el legado que dejaba era uno de destrucción y muerte. 

En lo que respecta al mundo occidental y a los países que se encuentran de cierta manera bajo su influencia, desde finales de los ochenta, el triunfo liberal, efectivamente, se antojaba ineludible[1]. Rusia, junto con el resto de Europa del Este y los países latinoamericanos –salvo la anacrónica excepción de Cuba– buscaban solidificar, o empezar a poner en marcha reformas que los dirigieran hacia una vida política más institucional, plural y democrática. 

A la par del atractivo que generaba la democracia, la economía de libre mercado se posicionaba como la única opción para conseguir el desarrollo material que tantas naciones buscaban con impaciencia. En buena medida, la noción de que el nuevo orden mundial pronto sería irreversible, se fortaleció gracias a la rápida liberalización de la economía, la cual, en poco tiempo, traería como consecuencia fundamental,  un intercambio comercial crecientemente globalizado. El mundo se encogió, y los países que anteriormente peleaban en el campo de batalla, pasaron a ser aliados y socios, al grado de crear una dependencia mutua entre varios de ellos.

En Europa, las fronteras que con tanto esfuerzo se habían definido y consecuentemente defendido desde 1648, terminaron por diluirse, mientras que en este hemisferio, la conectividad entre países también dio un importante salto cuyos beneficios, en países como por ejemplo, México, seguimos cultivando. 

Nunca antes el mundo había visto la creación de tanta riqueza y a tanta gente mejorar su calidad de vida. Los datos no mienten: a los que siguieron este camino, les ha ido significativamente mejor que a los que continúan optando por el camino de la “introspección”.

Y en cuanto a los efectos que ha surtido el tener sociedades cada vez más democráticas, creo que el balance es también positivo, en el sentido de que a mayor institucionalidad y apertura, la participación de la sociedad en procesos de deliberación política se ha incrementado, al tiempo que el poder incuestionado (unaccountable) de la autoridad se ha ido acotando cada vez más.     

Pero a juzgar por los eventos que en años recientes han tenido lugar, por un lado, en democracias consolidadas como Estados Unidos o Reino Unido, y por otro, en países latinoamericanos en donde se ha vuelto a echar mano de proyectos populistas, los beneficios de lo que presumiblemente traía consigo el fin de la historia, no parecen haber convencido a un buen número de personas. 

Concretamente, el Brexit y el ascenso de Donald Trump a la Casa Blanca son quizá los mejores ejemplos de la profunda insatisfacción que existía con el establishment. Y el ejemplo más cercano: la victoria de López Obrador en nuestro país. Los tres casos tienen en común, entre otras cosas, la disrupción del orden establecido junto con la promesa de una mayor participación directa del “pueblo bueno” que ha sido históricamente olvidado.

Algunas de las promesas de estos nuevos movimientos tienen razón de ser: no por nada estas propuestas han tenido tanto éxito. Los beneficios de la liberalización económica no han llegado a todos y es verdad, que en ciertas instancias, más que fomentar la participación ciudadana, lo que ha ocurrido es, por ejemplo, que grandes corporaciones han tomado un protagonismo injustificado en la toma de decisiones. 

Sin embargo, parte del problema con estas corrientes es que, nuevamente, parten de la idea –al menos en el discurso– de que todo está corrompido, por lo que la única solución que queda es, fundamentalmente, empezar de cero. En el caso de México, la mayoría de los votantes han decidido otorgarle un poder, prácticamente sin contrapesos, a quienes prometen darle voz a los que nunca la han tenido.

Paradójicamente, el riesgo de que se comience a diezmar las instituciones republicanas que tanto ha tomado comenzar a establecer, dejando vulnerables a quienes no comparten la misma visión de país, no es menor, ya que, como alguna vez dijera Lord Acton, “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Los fenómenos que se están viviendo, no necesariamente implican el principio del fin del liberalismo o la democracia, pero sí podemos decir que se están cumpliendo algunos de los riesgos que ya advertían gente como Mill o de Tocqueville, derivados, por ejemplo, del excesivo individualismo y la falta de diálogo

En este sentido, De Tocqueville advertía que había una serie de condiciones frágiles para que la democracia pudiera efectivamente contribuir al desarrollo integral de la sociedad. Analizando el ejemplo de Estados Unidos afirmaba que, a diferencia de su natal y burocratizada Francia, la democracia funcionaba adecuadamente porque las personas percibían su contribución al bien común a través de sus esfuerzos independientes; desconfiaban del poder centralizado, y en última instancia, esto era posible por las costumbres (mores), que propiciaban el contexto cultural adecuado.  

La democracia tiene riesgos, pero la libertad e igual dignidad de todas las personas hace que valga la pena correrlos. Lo que logrará que las democracias no degeneren en nuevas formas de totalitarismo, es la búsqueda de la verdad, lo cual se dará si, entre otras cosas, se garantizan las condiciones para que pueda haber un diálogo libre.

Mill y De Tocqueville de alguna forma previeron el ineludible “fin de la historia”, y en este sentido Mill, concluyentemente afirmaba que “la democracia, en el mundo moderno, es inevitable; y dentro de todo, eso es deseable; pero deseable sólo bajo ciertas circunstancias, las cuales, bajo el cuidado y previsión humano, pueden efectivamente darse, pero también es posible que se ignoren… Si bien el establecimiento de la democracia no parece estar dentro del control humano, las consecuencias positivas o funestas sí que lo están.”[2]

En esta nueva época que genera incertidumbre, la responsabilidad de los que creemos en el potencial del orden democrático y de la economía libre, tenemos que estar particularmente activos para evitar que las instituciones que buscan garantizar la igualdad y el pluralismo, sean vulneradas en aras de crear un nuevo orden: hay mucho qué hacer, pero creo que este es el primer paso para evitar las posibles “funestas consecuencias” y lograr encaminar nuestro sistema al verdadero desarrollo social.

 

 

[1] En su opinión, la democracia liberal quedaba había triunfado principalmente en el mundo de las ideas, lo que no significa que países de tradición islámica, por ejemplo, fueran necesariamente a mudar hacia la democracia.

[2] Johun Stuart Mill en su comentario sobre La Democracia en América de Tocqueville (traducción mía).

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