El 1º de julio “ganó la democracia”… ¿ganó México?

Por Abraham Martínez 

El pasado 1º de julio, la decisión de la mayoría de los que votaron no dejó lugar a ninguna duda: querían un cambio y actuaron en consecuencia. López Obrador ganó con el porcentaje de apoyo más alto con el que ha sido electo cualquier presidente en la historia de nuestra joven democracia. A un mes de este trascendental evento, las expectativas de transformación se siguen elevando, y al mismo tiempo, algunos de los primeros movimientos del virtual presidente electo comienzan a ser cuestionados. Con un margen de ventaja tan amplio, el capital político que tienen los ganadores es inédito y saber administrarlo y utilizarlo positivamente para generar los cambios que este país necesita, no será nada sencillo. La responsabilidad que tienen es del tamaño tan abrumador de su victoria.

Ya mucho se ha escrito sobre las causas que ocasionaron el triunfo tan contundente de AMLO. En mi opinión, en los últimos años el hartazgo social fue creciendo principalmente por dos motivos. El primero, la percepción de que la brecha entre ricos y pobres no parece cerrarse para muchos; y por otro lado –la que creo que al final tuvo más peso– la incontrolable e insultante corrupción de la clase política. Y digo que fue la más influyente, porque, tal como atestiguan los innumerables videoclips que surgieron de los debates y eventos de campaña, López Obrador repitió hasta el hartazgo que, fundamentalmente, todos los problemas del país se solucionarían acabando con la corrupción.

Andrés Manuel y su equipo, leyendo las circunstancias actuales, entendieron desde un principio que sus posibilidades de ganar se incrementarían en la medida en que su discurso girara, casi exclusivamente, sobre el eje anticorrupción. Así lo percibieron y así lo hicieron, y al final pesó más en la decisión del electorado la pauta primordial de la propuesta del presidente electo, que todos los negativos que buscaron adjudicársele con o sin razón.

Para muchos de los que no votaron por Morena, las horas que siguieron a la difusión de los primeros resultados, supusieron momentos de tensión, incertidumbre, y en algunos casos hasta angustia. Se había cumplido lo que con tanta vehemencia se había buscado evitar: la tercera sí fue la vencida. Sin embargo, la madurez con la que los perdedores aceptaron su derrota, así como el primer discurso del ganador –mandando señales de tranquilidad, entre otros, a los empresarios, quienes habían sido objeto de sus descalificaciones– logró bajarle decibeles a la polarización, logrando hasta cierto punto, una sensación de que “la democracia había ganado” y que no había que tirarse al drama.

Genuinamente creo que hubo signos muy positivos en cuanto al estado de nuestra democracia. El 1º de julio un número importante de gente votó, el resultado se respetó y sí, los perdedores reconocieron que habían perdido. Estas tres características que para muchos, en su conjunto son la esencia de la democracia, no se habían presentado juntas y de forma clara en elecciones anteriores.

Pero creo que son pocos los que creen que la conveniencia de la democracia se limita a que ciertos resultados sean respetados. Entre otras cosas, la democracia también es el respeto a las libertades de las personas, la garantía de la libertad de expresión y el respeto de las instituciones del Estado. En este sentido, las señales que se han dado por parte del ganador y de su equipo, no han sido siempre alentadoras en las semanas posteriores a su triunfo. Un par de ejemplos: la persecución en las redes sociales de opiniones que disienten con el “proyecto alternativo de nación” y la descalificación puntual de López Obrador a la resolución del INE que implicaba a su partido en el uso indebido de recursos destinados a los damnificados por el sismo del año pasado.

Por otro lado, la designación de algunos de los que serán sus colaboradores más cercanos ha generado la duda en varios sectores –incluidos algunos que lo apoyaron– de si en verdad estamos ante “la cuarta transformación” de nuestro país, o más bien estamos volviendo a los años del presidencialismo omnipresente y de partido hegemónico; esto porque ciertas figuras que hoy vuelven a escena, fueron piezas fundamentales en la operación del anterior sistema.

López Obrador se equivocaría si sobrevalorara la resiliencia de su capital político. La gente votó por él por su insistencia de que combatiría la corrupción: ahí es a donde tiene que dirigir sus baterías. Actuar de otra forma comenzará a generarle un desgaste que puede crecer más rápido de lo que se imagina.

En este contexto, para que “gane México”, tiene que consolidarse el triunfo de la democracia, y para poder llegar a afirmar esto, entre otras cosas se tendrán que afianzar los signos positivos que vimos poco después de conocer los resultados: la oposición tendrá que jugar un papel digno para evitar que arbitrariamente se imponga un monólogo “desde arriba”. Como lo han dicho de diferentes maneras pensadores que reconocen los beneficios de la democracia[1]: uno de sus potenciales riesgos, es que puede tornarse, más bien, en una “tiranía de la mayoría”. Para evitar esto, también es esencial que la sociedad civil –esa de cuyas iniciativas, alguna vez en campaña AMLO expresara su escepticismo– tiene que conocer a sus gobernantes e involucrarse activamente en los asuntos que le preocupan.

El gobierno tendrá que respetar y dialogar con las opiniones disidentes y desde su trinchera, que se vean acciones de fondo y no pantomimas para acabar con el despilfarro y la opacidad incuestionada de los que gobiernan. Sólo así podríamos llegar a aceptar, en unos cuantos años, que efectivamente, ganó la democracia y ganó México.

 

@abrahamtzh

[1] Entre otros de Tocqueville o algunos de los Padres Fundadores de Estados Unidos

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