No activismo, sí activación

Por Francisco García Pimentel 

@franciscogpr

He hablado mucho y repetidamente de la importancia de realizar un voto consciente y responsable; de conocer a los partidos político para elegir al que más responde a nuestras convicciones y necesidades. Tener partidos que representen y funcionen es esencial para el funcionamiento de este sistema democrático.

Mucho he dicho sobre eso y lo mantengo. Pero hoy, como muchos mexicanos se han sentido a lo largo de la historia, me siento huérfano de partido. No hay ninguno que sea árbol al que pueda arrimarme para recibir, aunque sea, un poco de sombra. Aunque comparto algunas de sus convicciones, no encuentro referencia alguna entre lo que dicen ser y lo que son en realidad. La claridad que me otorga este sentimiento es dolorosa.

No hay ningún partido serio, que ponga a México por encima de su nómina. Así me siento, huérfano.¿Y usted?

Pero de la queja reflexiva hay siempre que pasar a la propuesta reflexionada y entender lo siguiente: aunque hay que pelear porque los partidos hagan su chamba (¡es su chamba!) también es profundamente valiosa la desmitificación de lo que son y de lo que pueden ser. En todos los países que he conocido o estudiado, los partidos y los gobernantes dan pena. México no es la excepción.

Pero ante esto, tenemos dos opciones.

La segunda opción: activarnos y activar a otros para que las cosas que importan dependan de nosotros, ciudadanos, y no de ellos. ¿Quieres que el gobierno, además de calles, luminarias y policías, te provea de cultura, diversión, entretenimiento, educación, formación y limpieza? Pues siéntate a esperar. Puedes discutir durante años sobre por qué el gobierno no hace programas deportivos en tu colonia. O puedes hacerlos tú. Puedes llorar durante sexenios porque el gobierno no pone bibliotecas y obras de teatro en tu colonia. O puedes hacerlas tú.

Puedes mandar cartas al congreso pidiendo que se atienda a los adultos mayores y a los enfermos; pero sobre todo puedes hacerlo tú dentro de tu círculo de alcance.

El efecto transformador de la actividad de los ciudadanos (no activismo político, sino actividades concretas) es inmenso. Primero: eleva de forma inmediata el nivel de vida de tu familia y de la sociedad entera. Segundo: resta importancia imaginaria al gobierno y le enseña que no dependemos de él para todo. Le enseñamos a trabajar con el ejemplo, no con la queja. El desarrollo es nuestro y no de ellos.

No activismo: activación. Los países con mejores índices culturales, económicos y sociales como Finlandia, Canadá, Suecia, Dinamarca, Inglaterra o Suiza así lo entienden. Tienen gobiernos mediocres (todos lo son) que cambian cada cinco o seis años. Pero la vida social y cultural la organizan los ciudadanos en sus comunidades, en sus colonias, en sus escuelas y universidades. Esto genera estabilidad, solidaridad, desarrollo, nivel de vida y ahorra toneladas de corrupción.

Somos huérfanos, es verdad. Podemos llorar amargamente durante nuestra entera existencia. O podemos, ya sabes, crecer.

Share Post
No comments

LEAVE A COMMENT